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Nada es lo que parece.

¿Habéis tenido alguna vez la sensación de perder algo que ni
tan siquiera tenías?

Es una sensación muy extraña, desoladora e incomprensible
pues sientes como te han arrebatado algo que no has tenido, que ni tan siquiera te habías parado a pensar en la posibilidad de tenerlo, pero de pronto pasa algo y esa posibilidad que no habías contemplado desaparece y es en ese mismo instante cuando empiezas a pensar en ello y empiezas a necesitarlo.
Siempre quise ser madre, desde que tengo uso de razón quise
tener un bebe, vivir un embarazo, crear una vida. Jugaba a tener hijos, no más
de dos, pues tres me parecía demasiado. En mi casa somos tres hermanos y no sé cómo
mis padres podían con todo.
A los 13 años ya sabia como llamaría a mis hijos. Si tenia
un hijo se llamaría Nöel y si tenía una hija la pondría de nombre Azahara.
El 10 de abril del 2006 empecé a salir con el chico más
maravilloso del mundo, demasiado tímido, pero maravilloso.
Lo que parecía un amor de instituto pasó a ser una relación
estable, con planes de futuro. Una casa, una boda, viajes, hijos… Pero la vida
no pasa como lo planificamos, la vida tiene preparados otros caminos, otras
direcciones distintas a las que planeamos. Hay gente que planea su vida y la
sale tal cual quería, pero a otros nada nos sale como queremos.
“Olvídate de tener hijos con él”. Esas palabras retumbaron
en mi cabeza durante muchos años. No voy a entrar en detalles, pues este no es
el tema que más me interesa tratar, pero si me gustaría pasar un poco por
encima, recordarlo, dejarlo plasmado y que entendáis un poco más mi historia.
Raúl tuvo que ser operado hace 10 años de un varicocele y el
día de la operación fue cuando un cirujano, del que no se me olvidará jamás ni
su nombre ni su cara, salió a informarnos de como había transcurrido la
intervención. Según él, fue todo un éxito, sin complicaciones, todo perfecto.
Cuando se le pasara la anestesia le darían el alta y tocaría guardar reposo. El
cirujano hizo un repaso a la gente que había en la sala, mi suegra, mi madre y
yo. Me miró fijamente y me pregunto “¿Tú eres su novia?” solo asentí con la
cabeza y fue cuando sin anestesia, sin empatía y sin tacto alguno los planes de
mi vida se iban difuminando hasta desaparecer.
Varias pruebas confirmaron el diagnostico que nos dio ese
cirujano, solo que había un pequeño matiz… nada es imposible, ¿difícil?
¿complicado? ¿poco probable? Si, esos términos se ajustaban más a la situación.
Seríamos padres tarde o temprano. Existen muchos avances a
día de hoy, como la inseminación artificial y en el caso de no ser viable pues
recurriríamos a la adopción.
Hace 11 años me diagnosticaron a mi una enfermedad de la que
a día de hoy se esta excesivamente desinformado e incluso se puede mal
interpretar la enfermedad en sí. Tras muchas pruebas, estudios y no querer
aceptarlo (pidiendo que me revaluaran) me diagnosticaron TRASTORNO BIPOLAR. El trastorno bipolar no es lo que se entiende en la sociedad de “ahora estoy
feliz, ahora estoy triste, ahora te quiero, ahora te odio” es mucho más
complejo que todo eso.
Según Wikipedia, “el trastorno bipolar es una afección
mental en la cual una persona tiene cambios marcados o extremos en el estado de
ánimo. Los periodos de sentirse triste o deprimido pueden alternar con periodos
de sentirse muy feliz y activo o malhumorado e irritable”, según yo, el
trastorno bipolar es o era pasarme un mes llorando, sin ganas de vivir,
pensando que todo el mundo está en mi contra; al mes siguiente remontaba y me
encontraba genial, hasta el punto de encontrarme tan tan tan bien que ni
dormía, me gastaba mucho dinero, me creía que era capaz de levantar el mundo yo
sola, me obsesionaba compulsivamente con algunos temas y estaba excesivamente
irascible.
¿Qué por que os cuento esto? Pues por que durante 10 años me
dijeron que la maternidad y el trastorno bipolar es totalmente incompatible.
Durante los primeros años, el tema de ser madre no se me
pregunto mucho en mis visitas (casi mensuales) al psiquiatra, quizá salió el
tema una o dos veces, pero sin indagar mucho en ello.
El 10 de abril del 2014, cuando Raúl y yo hacíamos 8 años de
novios, el primer aniversario que celebraríamos en nuestra casa, mi psiquiatra
me habló sobre la maternidad y la bipolaridad. En esta consulta se me advirtió
de los numerosos riesgos a los que me expondría si decidía tener un hijo algún día.
Riesgos como no ser capaz de cuidar de mis hijos, que mis hijos heredasen mi
enfermedad (ya que a mi me ha llegado genéticamente) y ya no solo eso, si no
que el embarazo lo tendría que pasar ingresada en un hospital psiquiátrico con tratamiento
de electroshock pues la medicación se me tendría que suspender, eso en el caso
de que el bebe sobreviviera a los primeros meses de embarazo pues la medicación
era totalmente incompatible con el feto pudiendo así provocar una muerte fetal
casi seguro o incluso ocasionarme a mí un grave problema de salud.
Recuerdo que salí totalmente devastada de esa consulta y
recuerdo que luego me fui a comer con mis padres y mi hermana a un bar que hay
cerca del hospital, algo poco o nada habitual, pero que ese día dio la
casualidad de ser así.
También recuerdo que esa noche, mientras preparaba la cena
de aniversario lloré como nunca había llorado y pensaba en como contarle a Raúl
todo lo que me habían soltado en la consulta.
Cuando llegó a casa me encontró poniendo la mesa y llorando.
Nos sentamos en el sofá y le conté todo. Su respuesta fue abrazarme, sonreírme
y decir “Pues seremos tú y yo. Viajaremos, tendremos perros y seremos muy
felices, ya lo verás”.
Ese día decidí que adoptaría un perro y al día siguiente me puse
manos a la obra a buscar una protectora que tuviera un perro esperando un
hogar.
Ni que decir tiene que a estas alturas la adopción estaba
totalmente descartada, ¿Quién le daría un niño o una niña a una persona con una
enfermedad mental? La pregunta lleva mucha ironía, pero por desgracia, para
mucha parte de la sociedad somos unos apestados que damos miedo y repulsa a
partes iguales.
Broly llegó a nuestra vida el 25 de abril de ese mismo año
“llenando” un vacío que se me había quedado.
¿Entendéis ahora cuando os decía que como se puede perder
algo que no tenías?
Después de Broly llegó Luffy y poco a poco fui haciéndome a
la idea y aceptando que no sería madre.
Éramos Raúl y yo, planes a largo plazo para dos. En casa hay
tres habitaciones, una es la habitación nuestra, otra era mi zona de juegos,
donde tenia mi ordenador, donde grababa mis videos y hacia mis directos y la
otra habitación teníamos planes de que fuera la sala de las videoconsolas, con
temática muy gamer, ya no había una posible habitación del futuro bebe.
La ultima consulta que tuve con mi psiquiatra no se me
olvidará en la vida. He de decir que esta mujer me ayudó, me sacó varias veces
del pozo en el que estaba metida, me ayudo a aceptar la enfermedad, a vivir con
ella y a ser feliz, pero esa última consulta… volvió a salir el tema de tener
hijos, de que no podía ser y que lo mejor sería optar por una esterilización
permanente para ahorrarme problemas y complicaciones. Ella se encargaría de
hablar con ginecología para que me acelerasen todo, pero yo en ese momento me
bloqueé y solo alcancé a decir “es algo que tengo que hablar con mi pareja”.
Esa fue la ultima vez que vi a mi psiquiatra, no por que yo me cambiara de
médico, si no que un día cambió de hospital y no volví a saber de ella.
Pensé en esto muchísimas veces, me informé y cada vez estaba
más segura de que no pasaría por eso. Si por un milagro de la vida me quedaba
embarazada, ya vería como afrontar la situación.
Nosotros seguíamos con la idea de que era prácticamente
imposible tener hijos y por comodidad nuestra no usábamos protección ninguna.
Los meses que la regla se me retrasaba, la idea de un embarazo llamaba a la
puerta y eso hacia que al darle vueltas la bola se hiciera más grande y la
regla no bajara ¿solución? Test de embarazo, resultado negativo y ese mismo día
me ponía mala.
Llegó el mes de octubre del 2017. Yo tenía vacaciones, las
necesitaba como el respirar pues mi abuela materna (mi Encarni) estaba muy
malita y en cuanto salía del trabajo iba al hospital a verla. Durante las
vacaciones respiré, dormí muchísimo, me relajé, aunque hubo unos días que
estaba con un poco de fiebre, pero rápido se pasó. No teníamos dinero para
irnos de vacaciones así que nos fuimos a pasar el fin de semana al pueblo y lo
que más recuerdo fue que cada hora tenia que ir al baño a hacer pis.
El baño no estaba dentro de la casa, había que salir a la
calle para llegar a él y cada vez que quería hacer pis, Raúl me acompañaba por
que me daba miedo ir sola (si, lo sé, soy una caguica). Él me decía que tenia
que ir al médico cuando volviéramos a casa, tanto ir al baño a hacer pis podría
ser señal de infección de orina y cuando a mi me dan me pongo muy muy muy mala.
Ese fin de semana tenia que bajarme la regla, pero esta no
bajó. Tenia mucha presión, mucho estrés y no le di ni la más mínima
importancia.
El día que volví de vacaciones era 12 de octubre y siempre
he llevado muy mal el tener que trabajar en festivo y si a eso le sumamos que
descubrí una canción de Rayden que me tocó la patata muy duramente, os podréis
imaginar mi ánimo ese día.
Recuerdo llorar en el coche mientras escuchaba esa canción
de Rayden, “pequeño torbellino”. Yo nunca sentiría eso, nunca sabría que es
amar de esa manera y eso me dolía, me dolía muchísimo.
Sábado 14 de octubre, ese debería de haber sido mi ultimo
día de regla y os prometo que en esta falta no pensé en la posibilidad de un
embarazo ni por un segundo… hasta ese día. Todos los días me cogía de la máquina
que había enfrente de mi tienda una bolsita de M&M´s y ese día sería igual
solo que al abrir el paquete me dio tantísimo asco el olor que una idea
apareció de golpe en mi cabeza… ESTAS EMBARAZADA.
Empecé a atar cabos. El sueño, tantos viajes a hacer pis, la
falta, el asco a los M&M´s. Cada vez lo tenia más claro, pero a la vez sabía
que no podría ser.
Al llegar a casa le dije a Raúl que era mi ultimo día de
regla y que esta no había aparecido, que quería hacerme un test.
Todavía recuerdo los nervios que pasé al comprarlo. No era
la primera vez que me hacia un test de embarazo y nunca me he puesto nerviosa,
pero esa vez estaba atacada y no me servía el típico test de las rayitas, no
quería ver positivos donde no los había así que me compre el Clear Blue, ese
que te dice “EMBARAZADA y las semanas” o “NO EMBARAZADA”. Quería algo claro.
“Vaya manera de tirar 15€ a la basura. Ya sabemos que va a
salir que no” Esa fue la canción que iba cantando Raúl de camino a casa, pero
yo quería algo seguro.
No lo pensé mucho, nada mas entrar por la puerta me hice el
test y recuerdo que todo fue muy rápido. Miré cuanto tiempo tardaba en salir el
resultado y al volver a mirar la pantalla ahí estaba, la palabra mas bonita del
mundo “EMBARAZADA”. No os voy a engañar, no os voy a decir que sentí una
felicidad inmensa porque no fue así. Sentí pánico, muchísimo miedo,
inseguridad, culpa.
Salí del baño y Raúl estaba sentado en el sofá viendo el
futbol (era el primer partido que el Atlético de Madrid jugaba en el Metropolitano),
le miré por un segundo…
-Raúl pone que estoy embarazada. – No sabía cómo reaccionaría,
no contábamos con esto.
-Eso está mal, no te hagas ilusiones. – Prácticamente no
cambio la expresión, no se giro a ver, solo siguió sentado.
Vuelta al baño, un nuevo dato “2-3” esas eran las semanas de
las que estaba. No conseguía asimilarlo, digerirlo, no podía alegrarme.
Me senté al lado de Raúl en el sofá y puse el test encima de
la mesa.
-Puede que el resultado esté mal. – Esta vez sí se giró a
verme y vi que el también estaba incrédulo, quizá algo preocupado.
– ¿Y si no está mal? ¿Y si es real? Yo tengo una enfermedad,
tomo una medicación, algo puede salir mal ¿Qué vamos a hacer? – ahí fue cuando
los dos reaccionamos un poco.
Yo rompí a llorar y el me abrazó.
– ¿Qué quieres hacer? ¿quieres que vayamos a urgencias y nos
saquen de dudas?
Yo asentí y llenos de incertidumbre pusimos rumbo al
hospital.
La consulta fue corta. Me confirmaron que estaba embarazada,
que en principio la medicación no afectaría al bebe, algo que no me cuadraba en
absoluto pues en el prospecto lo ponía bastante claro “en caso de embarazo suspender
el tratamiento”, aun así y tras mi rechazo a seguir con la medicación, la
doctora de urgencias me cito para una consulta urgente con mi psiquiatra, ella
me sabría decir qué hacer.
Salimos del hospital completamente distintos a cómo
entramos. Salimos ilusionados, pero con miedo de como reaccionaria la familia
así que decidimos hacerlo ese mismo día.
Eran ya las 23.00 de la noche, pero necesitábamos soltarlo,
ver sus reacciones y quitarnos ese peso. Los primeros en enterarse fueron mis
padres y su reacción no fue para nada como me lo esperaba. Después de tantas
consultas médicas diciéndome lo que acarrearía un embarazo para mí, pensaba que
se enfadarían con nosotros que nos llamarían irresponsable o algo por el
estilo. La reacción fue la opuesta. Estábamos pasando un momento muy muy duro
en la familia, mi abuela estaba muy malita y esta noticia era un poco de luz
entre tanta oscuridad.
La reacción de mi suegra fue la esperada. Sabía que se alegraría
muchísimo y así fue. Ella siempre me decía que los médicos son unos exagerados
y que, si de verdad queríamos ser padres, encontraríamos la manera de serlo.
Al resto de la familia tardamos una semana más en decírselo
y aunque queríamos esperar a dar la noticia a las 12 semanas de embarazo, el
estado de salud de mi abuela fue lo que marcó la decisión.
No voy a entrar mucho en detalles, fue una locura. Todos
estaban inmensamente felices, mis primos, mis tíos y mi abuelo, mi abuela parecía
más seria, pero solo lo parecía pues cuando me acerque a repetirla la noticia
me abrazo y me dijo “estoy muy feliz María, me has hecho muy feliz” y ahí supe
que todo saldría bien, que mi bebe crecería sano y fuerte.
Tras hablarlo mucho con Raúl y darle muchísimas vueltas a la
cabeza, decidí que dejaría de tomar la medicación para el trastorno bipolar, no
esperaría a ir a la consulta para que me lo dijeran, no quería poner en riesgo
el embarazo así que dejé el tratamiento siendo muy consciente de que podría
tener una recaída y con tanto coctel de hormonas en mi cuerpo, la recaída podía
ser fatal, pero si eso pasara, sabía que estaría bien.
¡¡Las primeras semanas de embarazo fueron… como si no
estuviera embarazada!! Es más, me tuve que hacer otro test de embarazo para confirmar
que sí que estaba embarazada. Quitando las ganas de hacer pis a todas horas, el
aumento de volumen de mi pecho y el asco intenso que me había entrado de golpe
hacia la tortilla francesa y los sándwiches mixtos no tenía ningún síntoma de
embarazo y eso me hacía estar excesivamente insegura.
No me dolía la tripa ni tenia ningún tipo de sangrado, no había
ni señales de que algo fuera mal ni de que fuera bien y eso me mantenía en
vilo. Empecé a leer, mucho, en exceso sobre el embarazo y acabé leyendo artículos
sobre embarazos ectópicos y me empezó a entrar una paranoia demasiado grande. Decidí
cortar por lo sano, iría a urgencias diciendo que tenia pinchazos (que no los
tenía) y así con suerte me harían una ecografía.
Fui a dar con una ginecóloga maravillosa que entendió todos
mis miedos e inseguridades y que me dio muchas citas de obstetricia para
llevarme el embarazo como de alto riesgo pues al tomar una medicación tan
agresiva querían estar seguros de que todo estaría bien. Me hicieron una ecografía
y todos mis miedos se mitigaron. Me explico que todo iba bien, que había latido
y que era un embarazo viable.
Salí flotando de la consulta. Todo iba bien, todo estaba
bien, yo lo estaba haciendo bien.
No os podéis hacer a la idea la de veces que se me pasó por
la cabeza que no sería capaz de hacerlo, que mi mente me iba a fallar y lo iba
a echar todo a perder.
Cuando no había cumplido ni los 2 meses de embarazo recibí
una sorpresa bastante desagradable. Era 31 de octubre, Halloween y el turno de
trabajo estaba siendo genial hasta que apareció mi jefe con unos papeles en la
mano.
-María, ¿puedes venir al almacén? – mi encargada ya le habrá
contado que estoy embarazada y tendré que firmar algún papel de esos de la
mutua.
Al entrar él empezó a hablar, a decirme lo contentos que
estaban conmigo y lo que le dolía tener que hacer esto pero que no se podían permitir
tener tantos fijos, que me iban a volver a contratar en cuanto pudieran. Yo no
entendía muy bien lo que me estaba diciendo… ¿me está despidiendo? ¡¡Vaya que sí!!
Obviamente no dijo que fue por el embarazo, es más, dijo desconocer la noticia,
pero teniendo en cuenta que la encargada de la tienda era su pareja, dudo mucho
que no se lo hubiera dicho.
De pronto me vi embarazada, sin trabajo, con un batacazo
emocional terrible y sin medicación.
¿Por qué no lo denunciaste? Por idiota, para que engañaros.
Porque fui imbécil y me engañaron diciendo que cuando pasara la baja por
maternidad podría incorporarme, por que estaba muy asustada y me daba miedo
meterme en una movida tan grande y generarme tanto estrés.
El día de la primera consulta con mi psiquiatra (ya estando
embarazada) estaba nerviosa. Necesitaba pautas, consejos y necesitaba desahogarme,
pero al llegar a la consulta no estaba mi doctora, había otra en su lugar. Mi
doctora, como ya os he contado, se cambió a otro hospital y me asignaron una
nueva doctora.
Me quitó la medicación, algo que ya le dije que había hecho yo
y que me había recomendado la ginecóloga que me hizo la ecografía. La comenté
mis miedos, mis inseguridades, pero esta doctora no era como la otra que tenía,
no conectaba con ella y me hacía sentir muy incómoda.
La hablé de la ansiedad que tenía, de los miedos que me
acechaban por si lo estaba haciendo bien y ella solo alcanzó a mandarme a terapia
de grupo para la ansiedad, no sin antes hacerme sentir fatal al mofarse de mi y
de mi enfermedad. Al parecer, al ser un paciente con una enfermedad mental
grave, crónica y bastante avanzada, no puedo ir a terapia con personas que no
tengan una enfermedad similar a la mía (o eso fue lo que me dijo la nueva psiquiatra)
y para meterme en esa terapia tuvo que llamar a quien la impartía para que me
metiera de manera manual.
“si, parece tranquilita, no ve dragones ni nada” esas
palabras me hicieron que me sintiera fatal. Si mi propia psiquiatra hacia ese
tipo de comentarios, ¿Qué no opinaría la gente sobre mí? No la dije nada, ni si
quiera acudí a esas terapias de grupo.
Todo iba muy rápido. Las semanas pasaron sin darme cuenta y nos
plantamos en un parpadeo en el 16 de noviembre del 2017. Ese día es muy
agridulce para mi fue el día que sedaron a mi abuela y la primera vez que
escuche los latidos de mi bebe, los latidos de la vida.
No tenia cita ese día, la tenia el día 17, pero como sabía
que ese día mi abuela se iría, pedí por favor que me vieran el día 16. Ese
sonido que hace que el mundo se pare, mi osito de gominola, mi vida.
El día siguiente fue el peor de mi vida. Se iba un pilar muy
grande de mi familia, se iba mi Encarni y la necesitaba tanto… necesitaba
contarla que tenia miedo, que estaba asustada, que necesitaba un empujón
forzoso de esos que ella daba.
No sabía como me afectaría la muerte de mi abuela.
Evidentemente sabia que iba a ser un duro golpe, que estaría muy triste, pero
me daba miedo tener una recaída. Un golpe emocional muy fuerte sin medicación…
como saltar al vacío sin cuerda.
Estoy segura de que ella me ayudó a no caer, que estuvo sujetándome
en el duelo, cuidándome a mi y a mi bebé.
El 8 de diciembre fue otra fecha de esas de marcar en el
calendario. Era la ecografía de las 12 semanas, en la que nos dirían si todo
estaba bien, si todo iba como debería y podía que nos dijeran el sexo de bebé. Llevábamos
pensados nombres tanto para niño como para niña y la verdad es que nos costó
mucho decidir; a Raúl no le gustaba ningún nombre de los que a mi me gustaban,
bueno, en verdad no le gustaba ningún nombre, ninguno estaba a la altura de su
bebe, así que yo elegí los dos con los que menos cara rara ponía cuando se los decía.
Si era niño se llamaría Leonardo y si era niña Isabella, nada que ver con los
nombres que pensaba ponerles a mis hijos cuando tenía 13 años.
Fue impresionante verle sus manitas, sus pies… todo tan pequeño,
pero tan lleno de vida.
Todo estaba perfecto, mi bebe estaba fenomenal, yo también y
por fin pudimos dejar de llamar al bebe “bebe” para llamarle ¡LEONARDO!
En esa ecografía se me fueron todos los miedos que tenia con
respecto al embarazo y al trastorno bipolar. No había peligro, yo estaba bien,
mi hijo estaba bien, no necesitaba nada más.
Mi embarazo fue perfecto, el embarazo perfecto. Iba a las
consultas de la psiquiatra (que solo me vio 2 veces durante el embarazo) y yo
tampoco prestaba mucha atención a lo que me decía pues me sentía muy incómoda y
lo único que quería era que la consulta terminara rápido. Si que presté más
atención cuando me hablaba sobre el día del parto. En principio daría a luz con
un psiquiatra cerca por si lo necesitaba en algún momento, pero de no poder ser
por que diera a luz en fin de semana o de noche, dejaría pautada una medicación
y unas instrucciones por si yo perdía el control de la situación.
Según se iba acercando el momento de tener a mi hijo
inseguridades y dudas salían a flote ¿mi hijo será bipolar?, ¿tendrá alguna
enfermedad mental?, en el caso en que si tenga o desarrolle alguna enfermedad
mental ¿me culpará por ello?, ¿Y si tengo una recaída y no soy capaz de cuidar
de mi hijo?, ¿se avergonzará mi hijo de mí?, ¿seré buena madre?
Cuando me hacia esas preguntas sufría mucho, me daba mucha
ansiedad que mi hijo pudiera pasarlo mal por mi culpa… un momento ¿por mi
culpa? ¿he decidido yo tener trastorno bipolar? ¿Alguien me pregunto si quería esta
enfermedad? Entonces, ¿por qué iba a ser por mi culpa?
Y llegó el día… el día 9 de junio del 2018 me desperté muy
rara, rara físicamente y mentalmente. ¿sabéis qué? En el momento más intenso
del embarazo no pensé ni un solo segundo en el trastorno bipolar. No pensé en
que algo en mi cabeza podría fallar y echarlo a perder todo. No pensé en el
plan que había pautado la psiquiatra, no pensé en nada de eso. El amor de mi
vida estaba llegando y eso era en lo que pensaba, en que mi sueño se estaba cumpliendo.
Ese sueño por el que tanto lloré por verlo perdido, ese sueño que en una noche
de verano pedí a una estrella fugaz estaba ya aquí.
Un último empujón, un último esfuerzo, una última mirada
siendo dos y ahí está, el llanto de la vida, el llanto que anuncia que una vida
acaba de llegar al mundo para hacerlo un lugar mejor.
¿Sabéis lo orgullosa que me siento por haber conseguido ser
madre?
El primer año de vida de mi hijo he seguido sin medicación
pues tampoco es compatible con la lactancia.
En todo momento he estado controlada por médicos y sobre
todo por mi familia que al mínimo signo de cambio en mi actitud lo han dicho y
no me han dejado caer al vacío.
A día de hoy vuelvo a estar medicada, no por que haya tenido
una recaída, ha sido decisión mía. Miro a mi hijo y no me puedo permitir caer, así
que decidí destetarle por dos motivos, por volver a la medicación y por que
quiero buscar un nuevo embarazo.
Puede que si me quedo embarazada de nuevo la historia sea
totalmente distinta o puede que no, puede que todo sea maravilloso nuevamente.
Esta enfermedad me ha costado mucho aceptarla y asimilarla.
Lo he pasado muy mal y mi familia lo ha pasado conmigo. Ahora estoy genial, no
curada, esto no tiene cura tiene estabilidad con medicación, pero no cura y por
suerte he aprendido a entenderme muy bien, a hacer caso a las señales de mi
cuerpo y a controlar las situaciones y no dejar que llegue al extremo.
Esta es mi historia y la cuento por que no todo es blanco o
negro, hay un abanico muy amplio de colores y no todos tienen que ser oscuros.
No estoy diciendo que el embarazo de estabilidad al trastorno bipolar es una
ruleta rusa, un exceso de hormonas que no sabes como puede afectar, quiero
decir que es posible, que si quieres algo realmente y te ves capaz de ello lucha
por ello y nunca tires la toalla.
“Y de pronto se hizo la luz, una luz que no se apaga, una
luz que brilla con más intensidad de lo que he visto brillar nunca, una luz que
ha iluminado el único camino, el del amor. Mi luz se llama Leonardo, nació el 10
de junio a las 19.00 después de un largo, difícil y complicado parto. Pesó
3´250 kg, midió 50´5 cm y es perfecto, más perfecto de lo perfecto que me pude
llegar a imaginar que sería”.

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